Polinesia Francesa: el paraíso soñado de los Mares del Sur

Polinesia Francesa

Polinesia Francesa

¡ A las islas ! me reclama el corazón

lienzos de Gauguin acuden a mis retinas

relatos de Stevenson sacuden mi memoria

Tahití, Bora Bora, lugares mágicos

¡ A las islas ! galopa el corazón

Aventuras en los Mares del Sur

intrépido, dispuesto a alcanzar la luz

de sus estrellas, en días de navegación.

¡ A las islas ! donde llevarte, mi alma

donde compartir los eternos paisajes de la juventud

donde confundir el azul del cielo con el verde de su mar

donde perdernos entre la inocencia de sus gentes….

(Javier Gómez)

Nostalgia…

El recuerdo de los Mares del Sur

Los Mares del Sur… sólo nombrarlo evocamos en nuestra mente las mil y una aventuras que de pequeños leímos en los libros de Stevenson.

Vuela nuestra imaginación recordando los paisajes que dibujábamos en nuestra mente: playas inmensas; fondos coralinos, verdes, azules, arenas blancas… una paleta de colores con la que dibujar el mundo de la tranquilidad, la paz, la brillantez, la luminosidad, de cada una de sus islas.

Y poco a poco sentimos como el corazón se agita, queriéndose salir del pecho; dispuesto a cruzar el cielo para tocar esa arena fina, y ver ese amanecer en sus costas, uno de los más bellos del mundo, y bucear en la Polinesia Francesa entre peces de colores, y respirar el aire puro y nostálgico de nuestros propios sueños…

El sueño de un mundo lejano

Durante siglos, los Mares del Sur no fueron un lugar en los mapas, sino un sueño. Allí donde terminaban las rutas conocidas comenzaba un océano inmenso que parecía guardar celosamente un puñado de islas perdidas entre el azul. Los marineros hablaban de ellas casi en voz baja, como quien teme romper un hechizo; los exploradores regresaban contando historias que parecían imposibles, y los artistas encontraron en aquellas tierras una fuente inagotable de inspiración.

No era difícil comprender por qué. Bastaba imaginar una costa recortándose en el horizonte después de semanas de navegación, una montaña volcánica cubierta de selva emergiendo entre la bruma del amanecer, o el silencio de una laguna donde el agua parecía confundirse con el propio cielo. Aquellas imágenes viajaban de puerto en puerto, creciendo con cada relato, hasta convertir la Polinesia en el último rincón del mundo donde aún parecía posible encontrar un paraíso.

Quizá por eso tantos hombres decidieron poner rumbo hacia estas islas. Algunos llegaron movidos por la curiosidad. Otros buscaban fortuna. Hubo quien pretendía cartografiar el océano y quien únicamente deseaba alejarse del ruido de la civilización. Pero casi todos compartieron la misma sensación al desembarcar: la de haber llegado a un lugar distinto a cualquier otro, donde la naturaleza seguía marcando el ritmo de los días y el horizonte parecía no tener fin.

Aún hoy, cuando pronunciamos el nombre de Tahití, Bora Bora o las Marquesas, seguimos sintiendo esa misma atracción. Como si detrás de cada una de esas palabras continuara escondiéndose la promesa de una aventura. La promesa de descubrir un mundo donde el tiempo avanza más despacio y donde el mar, el viento y las palmeras siguen escribiendo, cada día, las mismas historias que un día alimentaron nuestra imaginación.

En la Polinesia Francesa

La Polinesia Francesa conforma un territorio que está disperso a lo largo de todo el Pacífico Sur. Cinco archipiélagos, Sociedad, Marquesas, Tuamotú, Gambier y Australes, que ocupan casi 4.000 km2 de tierras emergida sobre el mar.

Actualmente pertenecen a Francia, que se las anexionó en el siglo XIX, aún cuando desde 1984, esta condición de colonias se ha visto reducido al haberse instaurado un parlamento y un gobierno autónomos.

La población es mayoritariamente de origen polinésico, aunque también hay un 5% de caucásicos y asiáticos.

¿Qué hace tan especial a la Polinesia Francesa?

Existe un instante que se repite en casi todos los viajeros que llegan por primera vez a la Polinesia Francesa. Es ese momento en el que el avión comienza a perder altura y, a través de la ventanilla, aparecen bajo las nubes unas pequeñas manchas verdes rodeadas por un océano de un azul imposible. Durante unos segundos cuesta creer que aquellos colores pertenezcan al mundo real. Parecen pintados sobre el mar, como si la naturaleza hubiese querido detener allí toda su imaginación.

Nada de lo que se contempla es fruto del azar. Bajo estas islas duerme una historia que comenzó hace millones de años, cuando enormes volcanes emergieron desde las profundidades del Pacífico. Sobre aquellas montañas de lava, la lluvia y el tiempo fueron extendiendo una vegetación exuberante que terminó cubriendo las laderas de un verde intenso. Después llegó el coral, creciendo lentamente alrededor de cada isla hasta abrazarla con un anillo protector que hoy forma algunas de las lagunas más hermosas del planeta.

En ciertos lugares, la obra de la naturaleza fue todavía más sorprendente. Los antiguos volcanes acabaron desapareciendo bajo el océano, mientras el coral continuó creciendo durante miles de años, dejando únicamente un inmenso círculo de arrecifes que encierra una laguna tranquila y cristalina. Son los atolones de Tuamotú, pequeñas joyas perdidas en el Pacífico que, vistas desde el aire, parecen flotar entre el cielo y el mar.

El clima hace el resto. El calor nunca resulta excesivo, la brisa marina suaviza cada jornada y las lluvias tropicales alimentan una vegetación que parece no conocer el paso del tiempo. Palmeras que se inclinan sobre la playa, cocoteros cargados de frutos, flores de tiaré perfumando el aire y montañas cubiertas por una selva que desciende hasta besar el océano componen un paisaje que transmite una serenidad difícil de explicar.

Pero si hay un lugar donde la Polinesia Francesa revela toda su grandeza es bajo la superficie del agua. Allí comienza otro mundo. Jardines de coral de formas caprichosas, bancos de peces que cambian de color con la luz, tortugas marinas deslizándose con una elegancia casi irreal, mantarrayas que parecen volar bajo el mar y delfines que acompañan a las embarcaciones convierten cada inmersión en una experiencia que permanece para siempre en la memoria.

Quizá sea precisamente esa mezcla de volcanes, arrecifes, selvas y océano la que explica un misterio que ningún fotógrafo consigue reproducir del todo. El agua nunca tiene un único color. Cambia a cada instante. Turquesa junto a la arena blanca, azul profundo donde el coral desaparece, verde esmeralda en las lagunas más tranquilas… Como si el propio Pacífico hubiera decidido guardar aquí todos los colores que le sobraban al crear el mundo.

Tahití, la más conocida

Tahití, dentro de las islas Sociedad, es la más conocida y grande, pues en ella se concentra el 69% de la población, además de englobar a la capital del archipiélago, Papeete.

Por ello, esta isla tiene una doble vertiente en la que podemos encontrar una ciudad bastante caótica, pues al no estar demasiado evolucionada, no recoge bien el inmenso tráfico que su capital recibe diariamente.

Sin embargo, adentrándonos en la isla, encontraremos un interior salvaje, en el que destaca la cima del Aorai, desde obtendremos unas magníficas vistas de todo el mar, y de la propia isla, con sus picos volcánicos emergiendo entre nubes.

Desde su muelle de Motu Uta, podremos coger algunas de la motonaves que surcan el mar, transportándote de isla en isla… y así, empezamos nuestra gran aventura.

El alma de Tahití

Tahití no se recuerda únicamente por la belleza de sus paisajes. Hay algo mucho más difícil de describir que termina acompañando al viajero incluso cuando regresa a casa. Es una forma distinta de entender la vida, de recibir al desconocido y de contemplar el paso del tiempo sin prisas.

Los antiguos polinesios la resumían en una sola palabra: mana. No es fácil traducirla, porque encierra muchos significados al mismo tiempo. Es la energía que, según sus creencias, habita en las personas, en el océano, en las montañas y en los árboles centenarios. Una fuerza invisible que une a la naturaleza con quienes la respetan y que explica la profunda relación que los habitantes de estas islas mantienen con todo lo que les rodea.

Quizá por eso la hospitalidad aquí resulta tan natural. Una sonrisa sincera, un saludo pausado o una flor colocada tras la oreja bastan para hacer sentir al visitante como si llevara toda la vida formando parte de la isla. Nadie parece tener prisa. Las conversaciones se alargan mientras el sol desciende lentamente hacia el horizonte y el rumor constante del mar acompaña cada encuentro.

Cuando cae la tarde, la música comienza a ocupar el lugar de las palabras. Los tambores marcan un ritmo antiguo sobre el que hombres y mujeres interpretan las tradicionales danzas tahitianas, llenas de fuerza, elegancia y simbolismo. Cada movimiento cuenta una historia: una travesía por el océano, una leyenda transmitida de generación en generación o un homenaje a la naturaleza que da vida al archipiélago.

Las flores también forman parte de ese lenguaje cotidiano. Las coronas de tiaré, de hibiscos o de frangipani perfuman calles y mercados, adornan el cabello de las mujeres y acompañan las celebraciones más importantes. No son un simple adorno; representan una manera de vivir estrechamente unida a la tierra y al mar.

Esa misma identidad se descubre entre los puestos del mercado de Papeete. Bajo sus coloridos techos conviven frutas tropicales recién recogidas, vainilla de Tahití, pescados traídos al amanecer, artesanía elaborada a mano y el inconfundible aroma del coco y las especias. Sentarse después a degustar un pescado marinado en leche de coco y lima, acompañado de frutas recién cortadas, es comprender que la gastronomía polinesia, al igual que sus paisajes, encuentra su grandeza en la sencillez y en el respeto por todo aquello que ofrece el océano.

Bora Bora, turística y paradisíaca

Bora Bora es quizás el lugar ideal para rememorar todas aquellas viejas historias de paraísos de vegetación.

Las instalaciones hoteleras en esta isla son espectaculares.

Cerrad los ojos, porque todo aquello que se os vengan en forma de imágenes es lo que encontraréis aquí… bungalows, cabañas que surgen del mar, sobre columnas de troncos, con sus pequeñas terrazas que te hacen sentir sólo en medio del océano, entre colores verdes, azules turquesas y fondos transparentes.

Lagunas coralinas donde bañarse por la noche tranquilamente; piscinas que se confunden con el propio mar, y una línea de playa de arenas finas y claras, entre palmeras y cocoteros… y mientras tomamos el sol en algunas de las hamacas, las gentes del lugar que se acercan a nosotros ataviados con sus trajes típicos polinésicos para ofrecernos un cocktail espectacular…

Un sueño, sí, pero existe: es Bora Bora. En los mismos hoteles en Bora Bora te organizan actividades que te permitirán relajarte aún más si puede ser: remar en piragua, bucear entre corales, recorrer la isla a caballo, introducirte en la Selva, y escuchar los sonidos propios de ella.

También podrás llegar a los parajes más sorprendentes y bonitos que pueda uno imaginarse, entre cascadas, lagunas, y espesa vegetación. Como Tahití, Bora Bora y la isla de Moorea forma parte de las Islas Sociedad, las más conocidas.

¿Qué hacer en Bora Bora además de descansar?

Quien llega a Bora Bora pensando que todo consiste en tenderse sobre una hamaca frente al mar descubre muy pronto que la isla invita a vivirla de otra manera. Basta con apartarse unos metros de la orilla para comprender que el verdadero espectáculo comienza allí donde termina la arena y empieza el agua transparente.

Las lagunas que rodean la isla esconden un universo silencioso en el que el tiempo parece detenerse. Sumergirse con unas sencillas gafas y un tubo de snorkel es suficiente para deslizarse entre jardines de coral y contemplar, casi sin darse cuenta, el elegante vuelo de las mantas raya. Se acercan con una serenidad sorprendente, moviendo lentamente sus enormes aletas como si danzaran bajo el agua. Muy cerca de ellas también aparecen los pequeños tiburones de arrecife, curiosos pero completamente acostumbrados a la presencia humana, recordándonos que seguimos siendo invitados en un mundo que les pertenece desde mucho antes de nuestra llegada.

Otra de las experiencias más hermosas consiste en navegar sin rumbo fijo por la laguna. Los catamaranes recorren el arrecife bordeando pequeños motus cubiertos de cocoteros, mientras el agua cambia constantemente de color bajo la quilla. Hay momentos en los que resulta difícil distinguir dónde termina el mar y dónde comienza el cielo, porque ambos parecen fundirse en un mismo horizonte.

Desde cualquier punto de la isla, la mirada termina encontrándose con la silueta del monte Otemanu. Su antigua cumbre volcánica, envuelta casi siempre entre nubes, domina el paisaje como un viejo guardián del Pacífico. Recorrer los senderos que ascienden por sus laderas permite contemplar Bora Bora desde otra perspectiva: una sucesión de lagunas turquesa, arrecifes de coral y diminutos islotes dispersos sobre el océano que parecen dibujados con la precisión de un artista.

Cuando la tarde comienza a caer, el ritmo vuelve a cambiar. Un kayak deslizándose lentamente sobre las aguas tranquilas permite acercarse a rincones donde únicamente se escucha el roce de la pala y el rumor de la brisa entre las palmeras. Poco a poco, el sol va descendiendo hasta teñir el cielo de tonos anaranjados, rosados y violáceos que se reflejan sobre la laguna con una intensidad difícil de olvidar. Son esos instantes, cuando el día se despide sin hacer ruido y el océano parece incendiarse durante unos minutos, los que terminan explicando por qué Bora Bora permanece para siempre en la memoria de quienes alguna vez tuvieron la fortuna de contemplarla.

Rangiroa, paraíso para el submarinismo

Rangiroa, en Tuamotú, es otra de las islas más bellas de la Polinesia Francesa. El mayor atolón coralino y un auténtico paraíso para los submarinistas. Una isla prácticamente plana, soleada y anclada en el tiempo.

En las Islas Marquesas destaca Hiva Oa, la isla donde yace Gauguin, y que tanto dibujó en sus lienzos. Son islas volcánicas, con grandes crestas, basálticas. Son las islas narradas en sus aventuras por Stevenson, en las que también murió.

Un paraíso para los amantes del buceo

Quienes alguna vez han tenido la oportunidad de sumergirse en las aguas de Rangiroa suelen coincidir en una misma sensación: la de haber atravesado una puerta hacia otro mundo. Aquí el océano no se contempla desde la superficie; se descubre desde dentro, dejándose envolver por un silencio que únicamente rompen el suave sonido de la respiración y el lento movimiento de las corrientes.

El lugar más célebre es el Paso de Tiputa, una abertura natural en el arrecife por la que el Pacífico entra y sale de la inmensa laguna interior siguiendo el ritmo de las mareas. Es allí donde la vida parece concentrarse con una intensidad extraordinaria. Bancos de peces tropicales avanzan formando nubes de color, los corales cubren el fondo con formas caprichosas y, de vez en cuando, la inconfundible silueta de un tiburón de arrecife aparece deslizándose con una elegancia que inspira más admiración que temor.

No es raro que, durante la inmersión, un grupo de delfines acompañe durante unos minutos a los buceadores. Se acercan con curiosidad, juegan entre las corrientes y desaparecen con la misma naturalidad con la que llegaron, dejando tras de sí una imagen difícil de borrar de la memoria.

La claridad del agua contribuye a que la experiencia resulte todavía más sorprendente. En muchas jornadas, la visibilidad alcanza varias decenas de metros, permitiendo contemplar el arrecife casi en toda su extensión. La luz atraviesa la superficie con una suavidad especial, iluminando los jardines de coral y creando un paisaje submarino de colores vivos y sombras cambiantes que parece suspendido en el tiempo.

Por todo ello, Rangiroa ocupa desde hace años un lugar de honor entre los grandes destinos de submarinismo del planeta. No únicamente por la riqueza de sus fondos marinos o por la diversidad de especies que alberga, sino por esa extraña sensación de armonía que envuelve cada inmersión. Al emerger de nuevo a la superficie, cuesta creer que un mundo tan extraordinario permanezca oculto bajo un mar aparentemente tranquilo, esperando en silencio al siguiente viajero dispuesto a descubrirlo.

Las lejanas islas Australes de la Polinesia Francesa

Las islas Australes son las más alejadas. Se mantienen vírgenes prácticamente, con muy poco turismo. Allí, aún llegan las ballenas muy cerca de las playas. Y en las cimas de Rapa, la isla más alejada y misteriosa, aún pueden encontrarse templos y fortalezas de tiempos pasados.

Escojamos la isla que escojamos, nos veremos sumergidos en un mundo casi irreal; olvidaremos la civilización; nos relajaremos, y viviremos de continuo una auténtica aventura. Como el propio Stevenson dijo en su novela «los Mares del Sur»

«Pocos de los hombres que vienen a estas islas, las dejan: llegan a viejos donde una vez se establecieron, y la sombra de las palmas y los vientos alisios los abanican hasta que se mueren, quizás abrigando hasta el último momento la ilusión de una visita al país nativo que raramente hacen, más raramente disfrutan y todavía más raramente renuevan. Ningún lugar ejerce el poder de atracción sobre el visitante».

¿Cuál es la mejor época para viajar?

La Polinesia Francesa tiene la extraordinaria capacidad de resultar hermosa en cualquier momento del año. El clima apenas conoce los extremos y la temperatura del aire suele mantenerse entre los 24 y los 30 grados, mientras el océano conserva siempre ese tacto cálido que invita a entrar en el agua sin pensarlo dos veces. Aquí las estaciones no se viven como en Europa; es la lluvia, más que el frío o el calor, la que marca el paso de los meses.

Entre mayo y octubre se extiende la estación seca, el periodo preferido por la mayoría de los viajeros. Los días suelen amanecer despejados, la humedad resulta más agradable y la brisa alisa suavemente la superficie de las lagunas. Es la época perfecta para navegar entre islas, recorrer los senderos que ascienden por las montañas volcánicas o disfrutar del fondo marino con una visibilidad excepcional. También es cuando llegan las ballenas jorobadas para reproducirse en estas aguas, ofreciendo uno de los espectáculos naturales más emocionantes del Pacífico.

De noviembre a abril el paisaje adquiere otro carácter. Las lluvias tropicales aparecen con mayor frecuencia, casi siempre intensas y breves, devolviendo poco después el protagonismo al sol. La vegetación luce entonces más exuberante que nunca y las cascadas descienden con toda su fuerza desde el interior de las islas. El ambiente resulta más tranquilo, las playas recuperan parte de su intimidad y es posible contemplar muchos de estos rincones con una calma que durante la temporada alta resulta más difícil encontrar.

Quizá por eso no exista una única respuesta cuando alguien pregunta cuál es el mejor momento para descubrir la Polinesia Francesa. Quien busque cielos despejados y largas jornadas sobre el mar encontrará en la estación seca a su mejor aliada. Quien prefiera recorrer las islas con menos visitantes y sentir que el paraíso pertenece únicamente a unos pocos, descubrirá durante la temporada húmeda una belleza más serena y auténtica. Al fin y al cabo, estas islas no cambian con las estaciones; simplemente muestran un rostro diferente, igual de cautivador, a quienes llegan hasta ellas.

Autor: Javier Gómez
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Un comentario

  1. si claro es interesante conocer lo más Insolito y Espelusnante que guardan los rincones mas oscuros de la Tierra aún hay o existen lugares que el hombre actual no ha logrado decubrir y desifrar ciertos aspectos sorprendentes y sobresalientes en Insitu.

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