El Transiberiano, a Vladivostok

El viaje en el Transiberiano lo inicio en Irkutsk; en la orilla contraria del lago Baikal, Ulan Ude se encuentra a solo ocho horas de recorrido. Entre ambas, Irkutsk y Ulan Ude, la vía discurre cercana a la orilla del lago. El paisaje que se contempla es extraordinario.

El transiberiano se recorta en la taiga

Antes del Baikal, dos horas de taiga con su incesante monotonía; al llegar al lago el paisaje cambia de repente teniendo, a un lado, el agua esmeralda del lago con placas de hielo fundiéndose con algún pueblecillo en sus orillas y al otro un sinfín de montañas con las cumbres nevadas. Ulan Ude es la capital de Buratia; sus pobladores originales, los burats, siguen siendo, a pesar de la colonización, el 50% de su población; su físico es muy similar al de los mongoles; la proximidad a Mongolia es apenas de unos kilómetros.

En Ulan Ude se habla mayoritariamente el ruso, casi al 100%. La gente discurre, en grupos de amigos o parejas mixtas, plácidamente por sus calles, es una ciudad relajada, va a otro ritmo que la mayoría de las ciudades rusas siberianas.

Paseando por Ulan Ude se pueden distinguir las casas de madera, la zona histórica, una cabeza enorme de Lenin (parece vigilar a todo el que pasa cerca suyo), una infinidad de salas de conciertos y de teatros y un museo etológico.

El transiberiano parece un tren que comienza desde muchos sitios y que acaba terminando en otros tantos muchos, hasta cuatro “ramales” jalonan los mapas turísticos. Vladivostok es el sitio más lejano, ya en el mismo Océano Pacífico.

Enorme cabeza de Lenin en Ulan Ude

Para quien realiza un recorrido completo, digamos desde Ucrania, el trayecto se convierte en ocho días de un continuo cambiar de un tren A a un tren B. Durante el itinerario se pasan 7 franjas horarias el lío horario, todos las horas de los billetes están referidas a Moscú. Las 7:30 del billete pueden ser las 12:30 de Irkutsk o las 15,30 del oto extremo, en el este final. Lo curioso de todo esto es que, al ir pasando las estaciones, los relojes señalan la hora de Moscú, distante más de nueve mil kilómetros de Vladivostok, la que reflejan los billetes. Quizás sea lo más sencillo en todo este babel ferroviario.

A pesar del continuo y progresivo cambio de paisaje, se repetía un leit motiv, las dachas; son una especie de terrenos agrícolas con una vivienda anexa que, parece, todo el mundo tiene en Rusia. Son la “casa de campo”, de hobby y que surten a la familia de verduras frescas propias.

Los carteles del tren, indicando las paradas, son el sitio más visitado por los pasajeros; las paradas, tan rápidas que apenas si da tiempo a bajar, de la mayoría de las estaciones son compensadas por varias de al menos treinta minutos de duración, durante las cuales todo el personal pone el pie a tierra y charla, fuma, compra comida,…

Colorido desfile en Vladivostok

Vladivostok al llegar recuerda a Estambul y a San Francisco; la península con la misma forma que el Cuerno de Oro de la capital otomana o las empinadas calles con tranvías que bajan y suben son la explicación de estas comparaciones.

Vladivostok es una ciudad con encanto, hay casas antiguas, tranvías, puerto con muchos barcos,… La gente conduce coches de segunda mano japoneses en vez de los rusos nuevos; de bien lejos llegan a comprarlos incluso, regresando por carreteras infernales a menudo sin asfaltar, sobre todo en un enorme tramo de 3000 km.

Nada como el transiberiano para recorrer Siberia, uno de los mejores viajes en tren que se pueden hacer en el mundo.

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Categorias: Rusia, Viajar en tren



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