San Petersburgo: la ciudad imperial de los zares

San Petersburgo

Erigida sobre 44 islas unidas por 50 canales y ríos, San Petersburgo se encuentra situada a 800 km. del Ártico. Fría, pero al mismo tiempo, imponente; magnífica e imperial. Una ciudad que sobresale por su elegancia; un museo en piedra que nos embriagará desde el primer al último momento; bella, serena, cautivadora… son los adjetivos que primero se vienen a la cabeza para una ciudad hecha realidad a partir del sueño de un zar: Pedro I el Grande.

Hasta principios del siglo XVIII, la zona en que hoy día se sitúa la ciudad fue un territorio que vivía en continuas batallas por su dominio entre suecos y rusos. Varias veces los suecos fueron expulsados de la zona, para más tarde volver a capturarla. Novgorod, que así se llamaba, perdió su independencia a finales del siglo XV, al pasar a depender de Moscú.

Aún así, en el año 1617, Miguel III, el primer Romanov en el trono imperial ruso, hubo de entregarles estas tierras nuevamente a los suecos, quienes construyeron nuevas fortalezas a orillas del río Neva, el principal de la ciudad. Todas estas luchas eran, sin duda alguna, provocadas por la necesidad de controlar la salida al Báltico de los rusos, pues la actual San Petersburgo es la mejor conexión con este mar de este país.

Sin embargo, 83 años después, durante el reinado en Rusia de Pedro I, se inició la Guerra del Norte contra Suecia. Tras ser repelido varias veces por los suecos, centró sus ataques en el río Neva. En Octubre de 1702, Pedro I tomó la fortaleza de Noteburg, junto al Ladoga y la renombró a Shisselburg. Un año después tomó la fortaleza de Nienshants, con lo que consiguió el dominio absoluto del río. El 7 de mayo de 1793, apenas un mes después, los suecos fueron derrotados, naciendo así la Flota del Báltico y retomando la “salida a Occidente”.

Pedro I, apodado el Grande, no sólo era conocido por su tiranía y su crueldad, sino también por sus gestos de grandiosidad, y así, para defender las posiciones tomadas, decidió construir nuevas fortalezas que le permitieran el control del río Neva. La fortaleza de Pedro y Pablo, significa el comienzo de la construcción de esta gran ciudad: San Petersburgo, el 27 de Mayo de 1703. Se empezaron a construir las primeras edificaciones en el margen derecho del rio Neva, entre ellas, la casa del zar, Pedro I el Grande.

Y a continuación, la actividad operativa de la ciudad se centró en la construcción de astilleros y todo lo relacionado con actividades marítimas. Así, todas las calles que rodean a esa zona, junto al Neva. llevan nombres tales como: la avenida Smoini (Avenida del Alquitrán), Liteini (de la Fundición), Kanátnaya (de los cables), Fresdelval (de las velas) Galérnaya (de las galeras), o Vióseinaya (de los remos).

Iglesia de San Salvador de la Sangre Derramada

la Iglesia de San Salvador de la Sangre Derramada

No obstante, la guerra del Norte no finalizó hasta el año 1714, y la paz no fue firmada sino hasta el año 1721. Pero para esa fecha, San Petersburgo, aunque no oficialmente, ya era considerada la capital del país. Tal fue la importancia que el zar concedió a esta ciudad, que mediante sendos decretos, prohibió la construcción de edificios de piedra en toda Rusia, para así utilizar todas esas piedras en la construcción de edificios, exclusivamente en esta ciudad. Incluso, los barcos que arribaban al puerto, tenían la obligación de entregar un cargamento de piedras. En poco tiempo, la ciudad alcanzó los 75.000 habitantes.

Pero San Petersburgo se convirtió en objetivo de todos los políticos que desde entonces estuvieron en el poder ruso. La ciudad se ha llamado Petrogrado e incluso Leningrado, hasta que tras la caída del régimen soviético, volvió a recuperar su nombre original.

La fortaleza de Pedro y Pablo fue el primer edificio construido en la ciudad. En su catedral están enterrados el emperador Pedro I, y todos los Romanov que reinaron posteriormente, excepto Pedro II. Allí se han sepultado también los restos encontrados del último Romanov, Nicolás II, de su esposa Alejandra y de 3 de sus 5 hijos, entre los que se encuentra Anastasia. A la fortaleza se llega en la línea de metro Gorkovskaia. No hay que perderse tampoco los jardines donde una estatua de bronce del zar resalta entre todo. Muy cerca, en un embarcadero se encuentra el Aurora, el crucero que durante la revolución rusa cañoneó el Palacio de Invierno del Zar, iniciando la tan temida Revolución.

¿Quien no ha oído hablar de L’ Ermitage? Es el mayor museo de Rusia, y uno de los mayores y más lujosos del mundo. Situado dentro del Palacio de Invierno, y construido por Bartolomeo Rastrelli entre 1754 y 1762, tiene una superficie de 48.000 metros cuadrados y cinco edificios, con casi tres millones de objetos de arte. No sólo encierra obras escultóricas y cuadros de los más grandes autores europeos, sino la recreación del dormitorio donde murió Alejandro II tras sufrir un atentado, o del dormitorio de Nicolas II y Alejandra, padres de Anastasia. La decoración es fastuosa, propia de una corte imperial, donde se han recogido todo lo que los grandes zares poseían, desde Catalina la Grande hasta el último de los Romanov.

En la Plaza de los Decembristas, muy cerca de la catedral de San Isaac hay una famosa escultura que forma una de las siluetas características de la ciudad. La estatua ecuestre de Pedro el Grande, llamada “El jinete de bronce”.

El Almirantazgo es otro de los sitios emblemáticos de la ciudad, pues su alta aguja dorada es visible desde toda la ciudad. Allí confluyen las tres principales avenidas de la ciudad, entre ellas la avenida Perspectiva Nevski.

Frente a la plaza de los Decembristas y el Almirantazgo se encuentra la Catedral de San Isaac, cuya cúpula podría recordar la del Vaticano. No hay que perderse su interior, lujoso e impresionante, ni dejar de subir para obtener una magnífica vista de toda la ciudad. Levantada con 24.000 troncos de árbol, el interior congrega toda una amalgama de dorados, de mármoles, de bronces y de mosaicos que dejarán boquiabierto a cualquiera que entre.

Pero si asombrosa es la Catedral, aún más bella aún resulta la Iglesia de la Resurrección, conocida como la de San Salvador de la Sangre Derramada, al estilo de la catedral bizantina de San Basilio en Moscú: su colorido, sus formas, con cúpulas en capas, las fachadas esmaltadas en mosaicos esmaltados, con baldosas y azulejos, al más puro estilo ruso de los siglos XVI-XVII (aunque la iglesia fue erigida entre los años 1883 y 1907).

Y junto a la Iglesia de la Resurrección, el Jardín de Verano, con el que Pedro I el grande quiso recrear los jardines de Versalles.

Pero si de jardines hablamos, en las afueras, a 30 kms. están los de Peterhof: el famoso palacio de verano del zar Pedro I fue arrasado tras la Segunda Guerra Mundial. restaurado después, se han convertido en un auténtico remanso de paz, de no ser pro los turistas: si el Palacio en sí recuerda por su grandiosidad al de Versalles, sus jardines son, sencillamente, espectaculares. Al salir a ellos, nos encontramos en un nivel inferior todo un vergel de verdes y fuentes, una escalera monumental que baja en dos estrados y que acaban en dos cascadas bordeadas por fuentes doradas. Todo un lujo digno de admirar, sin duda.

Jardines de Peterhof

Jardines de Peterhof

Y no menos impresionantes, los jardines de Pushkin, que deben su aspecto a Catalina la Grande, y cuyo principal atractivo turístico es la Cámara de ámbar, sobre la que tantas leyendas circulan, y que fue robada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

San Petersburgo es toda una obra de arte que se puede admirar en cada uno de sus palacios, de sus jardines, y de sus calles. Es el recuerdo de toda una época de la Historia; la de los zares; la del Imperio Ruso; la Historia de los Romanov, la de tantas historias que han movido a lo largo de los años entre la realidad y la leyenda, y que hacen recordar el esplendor que siglos atrás vivieron en Rusia.

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