Matera y el urbanismo utópico

Matera

Por desgracia yo nunca he estado en Matera. He pasado por su vecinanza, es cierto. En distintas ocasiones. Bajando hacia Sicilia o buscando el Adriático en Bari, en Brindisi. Atravesando la región de Basilicata, o la de Puglia, donde el terreno tiende a ser seco, los oteros suaves y, sin embargo, escarpados. Con matorrales que se agarran misteriosamente a la roca calcárea, con algunos olivos, con ovejas, con la banda sonora de las campanas. Siempre bajo ese cielo azul del sur de Italia, siempre la misma impresión, contradictoria, de contemplar la máxima pobreza y el mayor exceso en una misma y única escena. Pero sin saber siquiera de la existencia de Matera. Tan lejos, tan cerca.

Cuando los figurantes de la foto superior volvieron para casa, traían con ellos el tesoro de un par de carretes al completo. Me enseñaron las fotografías, orgullosos. ¿Qué es esto? pregunté atónito. Matera. ¿Matera? 

Sí, Matera. Ciudad excavada en la roca, urbe de las cavernas. Una verdadera ciudad del arte troglodítica: ecce Matera. Repleta de historia, de iglesias, de reliquias, de misterios. Hasta hace cincuenta años la gente seguía viviendo en la ciudad antigua, I Sassi. La acrópolis materana era en realidad una litópolis: sasso en italiano significa piedra.

De forma imposible, a lo largo de un barranco llamado Gravina, en cuyo fongo agoniza desde el comienzo de los tiempos el arroyuelo del cañón, los hombres y las mujeres han ido hoyando la roca, formando plazas y callejuelas, integrándose admirablemente en el paisaje, construyendo casas subterráneas donde habitaban juntos humanes y bestias, creando un termitero calcáreo impresionante.

Aunque habitada la zona desde antes que se fundara Roma, será a partir del siglo VIII cuando empiecen a llegar los monjes benedictinos, los anacoretas de fe ortodoxa. Tal vez la dureza del terreno les era propicia para la tarea ascética. Chi lo sà. Así fueron habitando los lugares de más complicado acceso, hasta que los propios nativos (si tal palabra tiene sentido en una parte del mundo transitada sin interrupción desde el neolítico) los imitaron y se formó, propiamente, la vieja Matera. La misma que todavía antes de ayer estaba habitada. La misma que nos dice: otra arquitectura es posible. Lo es. Sin esquilmar un territorio, sin mancillarlo tampoco. Sin profanarlo.

Acaso el mensaje eterno que debiera perdurar de Matera no sea sino el de una esperanza: el hombre no sólo sabe entender el urbanismo a la manera del parásito. También puede devenir amable y útil huesped de un entorno. Forjar a fuego y sangre su morada, establecer, sí, con el medio ambiente una simbiosis. Matera…

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