Namibia, la belleza imposible de los desiertos

Desiertos en Namibia

Cuando uno compara un mapa (de los llamados políticos, es decir, los que no prestan atención a las formaciones geológicas, sino solamente a los lindes territoriales) de Europa con otro de África, entonces empieza a comprender algunas cosas. Las fronteras europeas han surgido a lo largo de los tiras y aflojas de una historia cambiante, dolorosa, nunca definitiva. En África los márgenes estatales parecen diseñados con tiralíneas causados por el capricho de unos advenedizos en las lejanas capitales de Occidente, aunque no por ello su historia ha resultado menos dolorosa, antes al contrario.

Así, Namibia. ¿Dónde está Namibia? Consúltese el mapa. La descubriremos en el sur de África, enfrentada al Atlántico, por debajo de Angola. Su forma sería la de un triángulo rectángulo sino fuese por su lado menos perfecto, más natural: en efecto, la hipotenusa de ese triángulo lo marca la línea de costa, que no se somete con facilidad a los artificios de los diseñadores de las fronteras políticas.

Pero a poco que nos acerquemos a la última nación africana en obtener su independencia, se nos abrirán las puertas del cielo. Un cielo nada angelical, sin embargo. Namibia es salvaje y dura como pocas regiones quedan en el planeta. Prácticamente todo el país está cubierto por una aridez que exige de cada criatura lo mejor de sí mismo para su supervivencia. Pero al mismo tiempo, el hálito del océano provoca grandes bolsas húmedas para el germinar de la vida.

Los dos grandes desiertos son el Namib y el Kalahari. El Namib, uno de los más viejos e inhóspitos de la Tierra, ocupa la franja paralela a la costa, dándole su nombre al país. En lengua de hotentotes, ‘namib’ sirve para designar las dunas. En un escenario tan difícil, sorprende descubrir un número importante de especies animales, incluso pequeños mamíferos, especialmente roedores. Toda la vida depende del soplo húmedo del Atlántico. Desde el océano avanza tierra adentro, casi a diario, una espesa niebla, llevando el agua necesaria para la supervivencia de pequeños seres, como insectos, matas y arbustos.

En el norte, la zona literal tiene una sugerente denominación: Costa de los Esqueletos. Han sido las aguas anónimas las que han regurgitado las docenas de restos de artificios humanos, proclamando la victoria de la naturaleza sobre los delirios de grandeza humanos. Carcasas de barcos y trozos oxidados de aviones y avionetas se mezclan con los huesos de las ballenas muertas.

Sobre aquel paraje desolado, los animales salvajes del interior africano se suelen acercar para contemplar el mar infinito, quizá barruntando nostálgicos su remoto pasado de criaturas marinas, quizá preguntándose si no merecería la pena intentar desandar el camino de la evolución y buscar una vida más fácil en los océanos, lejos de los desiertos. Graciosas jirafas, bonachones paquidermos, no os lo recomendamos. El propio mar lo estamos convirtiendo en un erial.

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Categorias: Namibia, Viajar por Africa



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