Albarracín, el recuerdo de un tesoro

Albarracín

Te encontré en el transcurso de un largo y pesado viaje por carretera desde Jerez hasta Barcelona (a quien se le ocurre, no?). La verdad es que, afortunadamente, ya había recorrido buena parte de mi trayecto, pero aún así, como buen conductor, decidí desviarme un poco y descansar como a mí me gusta, descubriendo alguna sorpresa interesante de las que nos guarda España en sus baúles de mar y tierra. Antes de llegar a Zaragoza, me desvié por una carretera comarcal (la señalización indicaba los pueblos de Cella y Albarracín).

Albarrac?n

A lo lejos, un paisaje se fue formando, compuesto por una extraña hilera de muralla que me fue atrayendo inexorablemente. No daba crédito de que aquella muralla pendiera solitaria de aquellos montes, como si desde el cielo hubiese caído hasta aquel lugar, sin más trabajo que el de dar cobijo defensivo a aquella sierra. Una gran variedad de pinos, robles y encinas comenzaron a ofrecerme su frío saludo.

De repente, a la altura ya de la hilera de murallas, una enorme peña, un barranco profundo se abrió a mis pies. Del vientre de los Montes Universales, allá abajo, en un tajo milenario, surgió la belleza pétrea de Albarracín. Como un camaleón sobre la tierra, confundiéndose en el paisaje, el pequeño pueblo decorado con el Castillo del Andador.

No pude por menos que contemplar la belleza del silencio, el acueducto de soledad y páramo que sobrevuela el aroma a bohemia de Albarracín. Tomé de nuevo el coche y, trastocado por la enorme sorpresa de mi descubrimiento, me lancé a la conquista de aquel pueblo, a la soberbia contemplación de aquel tesoro camino ya de Teruel.

Tuve que aparcar justo a la entrada del pueblo. Una enorme hilera de calles empedradas, como finas arterias en la palma de los dedos, calles por las que apenas podrían pasar dos personas tomadas de la mano. Tomé la Cuesta de Teruel, empinada, observando con deleite el perfecto ajuste entre madera y piedra de sus casas, el silencio de sus habitantes, la brisa fresca que casi me cortaba el perfil de la cara. Desde allí llegué a la Plaza Mayor, donde se encontraba el Ayuntamiento (que luego días más tarde contemplé con cariño y nostalgia representado en el Pueblo Español de Barcelona). Sus recios soportales me cobijaron durante unos minutos de una fina y delicada lluvia.

Al fondo, la Calle del Portal de Molina, una calle donde se tocan hasta los suspiros, estrecha, dando lugar a la Plaza de la Comunidad, donde se encuentra una de las puertas de aquella muralla solitaria de la sierra: el Portal del Agua, donde el sonido del río Guadalaviar nos transporta en un devenir de siglos hasta épocas inmemoriales.

Albarracin

Al final de la Calle del Portal de Molina, la Casa de la Julianeta, un caserón que parece pender del aire, retando en un concierto de piedra y madera a las leyes de la gravedad. Desde allí observamos, abajo, de nuevo, la Plaza Mayor, ofreciéndonos su mano para bajar de nuevo hasta ella, señalándonos el rincón de la Panadería, o la Iglesia de Santiago.

Pero el misterio me atrae hacia la calle de la Catedral, la calle principal de la ciudad en el siglo X, y donde se encontraba la única puerta de la muralla. En esta calle me hace un guiño cómplice la Casa de los Monterde, susurrándome al oído los secretos que guarda en su interior, secretos ancestrales. Frente a esta casa, el Palacio Episcopal, con una monumental escalera. Y al término de la calle, me espera impaciente la Catedral, edificada en el 1200 en el punto más alto de Albarracín. Apenas puedo levantar la vista para contemplarla debido a la estrechez de la callejuela en la que se encuentra.

Continúo por la Calle de Santa María abriendo los brazos para medir la estrechez de la calle, llegando hasta la Iglesia de Santa María precisamente, el primer templo del Albarracín cristiano medieval, anterior al 1200, iglesia que sólo abre en Semana Santa y Mayo, lugar de destierro de Doña Blanca de Aragón, a la que aún oigo vagar bajando al río a bañarse.

Desde aquí contemplo, casi ya atardeciendo, pues el tiempo no deja de jugar conmigo a correr como un chiquillo, aquella muralla solitaria subiendo en fila india como una niña de piedra hasta el Castillo del Andador. Y vuelvo a mirar hacia abajo, donde, bajo el frío que llega con su enorme equipaje de aire y viento, me sigue tendiendo la mano la Plaza Mayor, mostrándome en su sonrisa el incomparable marco de Albarracín.

Autor: Jose Manuel Vargas

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