Muros, la niña que duerme un silencio de piedra

Muros

Galicia, la eterna Galicia. La Galicia verde, azul, la de atardeceres anaranjados, la Galicia que peina sus vientos en la Costa da Morte y que se sube a los faros para otear la lejanía del final de las tierras. No sé si se me notará mi predilección por Galicia. Por muchas cosas, y entre ellas por sus pequeños pueblos marineros, encallados en las rías como niñas que juguetean con los pies en el agua.

Uno de esos pueblos es Muros, en la provincia de La Coruña. Entre la ría y la montaña, como si no supiera elegir en qué lugar mecer sus casas de tejas rojas y bellos ventanales. Un pueblo que prácticamente se divide en dos, con los barrios de la Cerca y la Xesta, con sus rúas talladas en piedra, un lugar mágico cuando la lluvia y la niebla se disfrazan de turistas y callejean con su pose de nobleza.

Y es que Muros tiene una vista de piedra y naturaleza. Perderse en el mercado de la calle Aurora, recorrer la rúa Real bajo las sombras de algún peregrino, acercarnos al bellísimo cruceiro de la plaza de Santa Rosa, testigo de no sé cuántos siglos de historia. Muros tiene rincones en los que el tiempo se ha quedado atrapado como en una tela de piedra y de belleza.

Entre ellos la Pescadería Vella con su fuente y sus tabernas, o el mágico Paseo de a Mariña, con sus blancos ventanales, su galerías tan típicas de la zona costera gallega, con sus preciosos tramos de soportales medievales. Acercaros sin duda a la Colegiata de Santa María del Campo, la Nova, desde donde podemos ver una vista fabulosa del propio pueblo. Es un templo románico del siglo XII, tan coqueto y delicioso que la vista se queda impregnada en él como una tachuela dulce.

Muros se asoma al mar entre el blanco y la piedra, recreándose en la vista de su puerto y las barquillas que se mecen silenciosas al compás del guitarreo romántico del agua. La vista se nos vuelve a ir arriba, al desfile procesional de las casitas que se pierden en la enredadera del horizonte y el verde. Muros es un encanto, una niña pequeña que cada noche, acunada en uno de los silencios más deliciosos que haya podido vivir, duerme en la placidez de su arrullo de piedra.

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