Torre de Pisa: historia, curiosidades y cómo visitar la famosa torre inclinada
La Torre de Pisa es uno de esos monumentos que conocemos mucho antes de visitarlos. Su característica silueta inclinada aparece en libros, fotografías y postales hasta convertirse casi en un símbolo de Italia. Sin embargo, cuando estuve en Pisa descubrí que hay dos maneras bastante diferentes de conocerla: contemplarla desde el exterior, formando parte del magnífico conjunto monumental del Campo de los Milagros, y entrar en ella para experimentar físicamente una inclinación que desde fuera puede parecer incluso menos sorprendente de lo que realmente es.
Pisa se encuentra en la Toscana, una de las regiones más visitadas de Italia, y aunque la ciudad tiene otros lugares de interés, para mí lo más bonito es claramente el Campo de los Milagros, conocido oficialmente como Piazza del Duomo. La Torre de Pisa comparte este gran espacio monumental con la Catedral, el Baptisterio y el Camposanto, creando un conjunto en el que el mármol blanco de los edificios destaca sobre una enorme extensión de césped.
La torre es bonita vista desde fuera, por supuesto, y su inclinación produce esa primera sensación de estar contemplando algo que desafía las reglas normales de la arquitectura. Pero la experiencia que más recuerdo llegó después, cuando entré y comencé a subir por su escalera de piedra.
Aunque hoy nadie imagina Pisa sin su torre inclinada, la inclinación no formaba parte, evidentemente, de los planes originales. La torre fue concebida como el campanario de la Catedral de Pisa, y su construcción comenzó en 1173.
Su autoría ha sido objeto de debate durante mucho tiempo. Tradicionalmente se atribuyó el proyecto a Bonanno Pisano, aunque diferentes investigaciones han planteado otras posibilidades. Lo que sí sabemos es que los problemas aparecieron muy pronto.
Cuando apenas se habían construido los primeros niveles, la torre comenzó a inclinarse debido a la inestabilidad del terreno y a unos cimientos insuficientes para soportar semejante construcción.
Las obras se interrumpieron durante décadas. Paradójicamente, esta larga pausa pudo contribuir a salvar la torre, ya que permitió que el terreno se asentara antes de continuar añadiendo más peso.
La construcción se retomó posteriormente bajo la dirección de Giovanni di Simone, que intentó compensar la inclinación levantando los nuevos niveles con pequeñas correcciones. Si se observa detenidamente el edificio puede apreciarse que la torre no constituye una línea inclinada completamente uniforme, consecuencia precisamente de esos intentos realizados durante su construcción.
Finalmente, durante el siglo XIV se completó la parte superior destinada al campanario. Habían transcurrido casi dos siglos desde el inicio de las obras.
El resultado fue muy diferente del que imaginaron sus primeros constructores, pero aquel problema arquitectónico acabaría convirtiéndose, siglos después, en la principal razón de su fama mundial.
¿Por qué está inclinada la Torre de Pisa?
La explicación de la inclinación de la Torre de Pisa se encuentra principalmente debajo de ella.
El edificio se levantó sobre un terreno formado por materiales poco consistentes, incapaces de soportar uniformemente su enorme peso. A ello se sumaron unos cimientos relativamente poco profundos para una construcción de estas características.
Cuando la estructura comenzó a ganar altura, una parte del terreno cedió más que la otra y la torre empezó a inclinarse.
Los constructores intentaron corregir el problema a medida que continuaban las obras, pero nunca consiguieron devolver completamente el edificio a la vertical. En realidad, la historia de la torre durante los siglos siguientes puede entenderse como una sucesión de intentos por impedir que aquello que la había hecho famosa terminara provocando también su destrucción.
Actualmente la torre tiene unos 55,86 metros de altura y una inclinación aproximada de 4 grados.
Es suficiente para que, cuando uno se coloca delante de ella, la sensación visual resulte realmente extraña. Nuestro cerebro espera encontrar una torre vertical y, sin embargo, delante aparece un edificio monumental que parece encontrarse permanentemente a punto de caer.
Subir a la Torre de Pisa
El Campo de los Milagros, mucho más que la Torre de Pisa
Uno de los errores que se pueden cometer al visitar Pisa es centrar toda la atención en su torre.
En mi caso, lo que más me gustó de Pisa fue precisamente el conjunto del Campo de los Milagros. La amplitud del espacio permite contemplar simultáneamente algunos de los principales monumentos medievales de la ciudad y hace que la llegada resulte mucho más impresionante de lo que puede transmitir una fotografía aislada de la torre.
Aquí se encuentran la Catedral de Santa María Assunta, el Baptisterio de San Giovanni, el Camposanto Monumental y la propia Torre de Pisa. La combinación del césped con el mármol claro de los edificios crea además una imagen muy característica.
Luego está otra escena inevitable. Alrededor de la torre resulta casi imposible no encontrarse con decenas de personas situándose a cierta distancia y extendiendo los brazos para conseguir la famosa fotografía en la que parecen sostenerla, empujarla o evitar que se caiga.
Reconozco que contemplar desde fuera semejante despliegue de poses me pareció bastante curioso y hasta un poco absurdo. Basta mirar durante unos minutos alrededor para descubrir personas adoptando posturas de todo tipo mientras alguien, varios metros más atrás, intenta cuadrar la perspectiva perfecta. Se ha convertido casi en otra atracción turística de Pisa.
Subir a la Torre de Pisa: una sensación difícil de explicar
La verdadera sorpresa llegó para mí cuando entré en la torre. Desde fuera eres perfectamente consciente de que está inclinada, pero es dentro donde el cuerpo comienza realmente a percibirlo.
La subida se realiza por una escalera de mármol en espiral que recorre el interior de la torre. Son 268 escalones hasta alcanzar las zonas superiores y, debido a la propia inclinación del edificio, la sensación va cambiando mientras avanzas.
Recuerdo especialmente esa subida porque resulta difícil compararla con la de cualquier otra torre. Mientras ascendía tenía la sensación de que mi cuerpo se desplazaba hacia un lado. En algunos momentos acababa apoyándome instintivamente contra la pared, como si necesitara recuperar una referencia que me indicase dónde estaba realmente la vertical.
Es una sensación extraña, mezcla de vértigo, desequilibrio y cierto descontrol del cuerpo. No es simplemente saber que estás dentro de una torre inclinada. Lo notas.
La escalera va girando y la relación de tu cuerpo con la pendiente cambia constantemente. En determinados puntos parece que avanzas con relativa normalidad y poco después vuelves a sentir que algo no encaja. El propio organismo intenta compensar una inclinación que visualmente no siempre resulta fácil interpretar dentro de un espacio cerrado.
Curiosamente, no es solo una impresión personal. La información de acceso al monumento advierte de que las diferentes inclinaciones que presentan los escalones durante el recorrido pueden provocar desorientación e inseguridad en algunas personas.
También hay otro detalle que llama la atención: los escalones de mármol muestran claramente el desgaste producido por siglos de tránsito. Y cuando finalmente alcanzas la zona superior, después de toda esa extraña subida en espiral, las vistas compensan el esfuerzo.
Las vistas desde lo alto de la Torre de Pisa
Desde la parte superior se obtiene una magnífica perspectiva de Pisa y, sobre todo, del conjunto monumental que acabamos de recorrer a nivel del suelo.
La Catedral, el Baptisterio, el Camposanto y las grandes superficies verdes del Campo de los Milagros adquieren desde arriba una dimensión diferente.
Las vistas están muy bien y merece la pena detenerse un rato antes de comenzar el descenso, pero personalmente creo que lo más singular de subir a la Torre de Pisa no es únicamente el panorama que encontramos al final. Es la propia subida.
Hay muchos campanarios y torres históricas desde los que se contemplan magníficas ciudades italianas. Lo que hace diferente a esta es recorrer una escalera sabiendo y sintiendo continuamente que toda la estructura en la que te encuentras está inclinada. Esa sensación es la que más recuerdo de la visita.
Las siete campanas de la Torre de Pisa
No debemos olvidar que la Torre de Pisa no se construyó como mirador turístico, sino como campanario de la Catedral.
En su parte superior se encuentran siete campanas, tradicionalmente asociadas con las siete notas musicales. Fueron incorporándose en diferentes momentos históricos y constituyen uno de los elementos menos conocidos por quienes únicamente contemplan la torre desde abajo.
La zona del campanario permite apreciar además la arquitectura de la parte superior y contemplar mucho más de cerca los detalles del mármol y las columnas.
Desde el exterior, por el contrario, lo que domina visualmente son las galerías de arcos y columnas que rodean los distintos niveles y proporcionan al edificio esa apariencia ligera que contrasta con su enorme peso.
Campana en la Torre de Pisa
Galileo Galilei y la Torre de Pisa: entre historia y leyenda
Otro de los nombres inevitablemente relacionados con Pisa es el de Galileo Galilei, nacido en la ciudad en 1564.
Una de las historias más repetidas asegura que Galileo subió a la Torre de Pisa y dejó caer desde lo alto objetos de diferente peso para demostrar que la velocidad de caída no dependía simplemente de su masa, contradiciendo las ideas aristotélicas aceptadas entonces.
La escena es magnífica: Galileo en lo alto de la torre dejando caer dos objetos mientras profesores y estudiantes observan el experimento desde abajo.
El problema es que probablemente nunca ocurrió de esa manera. La historia procede fundamentalmente del relato posterior de Vincenzo Viviani, discípulo y biógrafo de Galileo, y actualmente suele considerarse que el famoso experimento desde la torre pertenece más al terreno de la tradición que al de los hechos históricamente demostrados.
Eso no resta importancia a los estudios de Galileo sobre el movimiento y la caída de los cuerpos, pero sí aconseja separar al científico real de una imagen que se ha repetido durante siglos hasta convertirse prácticamente en parte de la historia popular de la Torre de Pisa.
Cuando la Torre de Pisa estuvo a punto de convertirse en un problema demasiado serio
La inclinación que hoy atrae a millones de miradas también ha sido durante siglos la principal amenaza para la supervivencia del monumento.
Hubo diferentes intervenciones destinadas a estabilizar el edificio, algunas más afortunadas que otras. El problema se hizo especialmente preocupante durante el siglo XX, cuando los especialistas comprobaron que era necesario actuar para garantizar su seguridad.
Finalmente, en enero de 1990 la Torre de Pisa fue cerrada al público. Comenzó entonces una compleja operación de ingeniería destinada a estabilizarla sin eliminar aquello que precisamente la hacía única. Nadie pretendía colocar la torre completamente vertical. El objetivo era reducir suficientemente la inclinación y, sobre todo, detener su progresión.
Entre las técnicas empleadas estuvo la extracción controlada de pequeñas cantidades de tierra bajo la parte elevada de la cimentación. De esta manera se consiguió que la estructura recuperara algunos centímetros y redujera su inclinación. Tras más de una década cerrada, la torre volvió a recibir visitantes en diciembre de 2001.
La paradoja resulta interesante: durante siglos se intentó impedir que la torre siguiera inclinándose, pero había que hacerlo sin enderezarla completamente. Salvar la Torre de Pisa significaba conservar también su defecto.
Cómo es la Torre de Pisa
A pesar de su enorme popularidad, las dimensiones de la torre pueden sorprender cuando se conocen sus cifras.
Tiene aproximadamente 55,86 metros de altura y está construida fundamentalmente en mármol. Su estructura está formada por varios niveles de galerías con columnas, rematados por el campanario.
En el interior se encuentra la escalera de caracol que permite ascender hasta la parte superior. El recorrido suma 268 escalones, todos ellos de mármol, y en algunos puede apreciarse claramente la huella dejada por el paso continuado de visitantes.
La inclinación actual ronda los 4 grados, considerablemente menor que la que llegó a alcanzar antes de los trabajos modernos de estabilización.
Entradas para subir a la Torre de Pisa
El acceso al interior de la Torre de Pisa está controlado y se realiza mediante entradas con horario asignado.
Precisamente por tratarse del monumento más solicitado del conjunto, recomiendo reservar la entrada con antelación, especialmente si viajamos a Pisa durante los meses de mayor afluencia turística.
No mantendría como referencia precios antiguos porque pueden cambiar y es preferible comprobar la tarifa vigente en el momento de organizar el viaje.
Además, existen entradas y combinaciones diferentes para visitar otros monumentos de la Piazza del Duomo, por lo que merece la pena decidir previamente si queremos limitarnos a subir a la torre o aprovechar la visita para conocer también el resto del conjunto monumental.
Información y reserva de entradas y visitas guiadas
Consejos para subir a la Torre de Pisa
La subida no es especialmente larga, pero sus características hacen que sea diferente de una escalera convencional.
Conviene llevar calzado cómodo y con buena sujeción, especialmente porque los escalones son de mármol, presentan irregularidades producidas por el desgaste y pueden resultar más resbaladizos con humedad.
La escalera carece de pasamanos y buena parte del ascenso discurre por un espacio cerrado. Si sufres vértigo, claustrofobia o problemas de movilidad, es algo que deberías valorar antes de comprar la entrada.
Tampoco recomendaría plantear la visita con prisas. El Campo de los Milagros merece tiempo suficiente para recorrerlo, entrar en alguno de sus monumentos y contemplarlo desde diferentes perspectivas.
Y sí, probablemente terminarás viendo —o haciendo— alguna de las inevitables fotografías sujetando la torre.
¿Merece la pena subir a la Torre de Pisa?
Después de haberlo hecho, yo sí recomiendo subir a la Torre de Pisa. No diría que sea imprescindible únicamente por las vistas. Son bonitas y permiten contemplar perfectamente Pisa y el Campo de los Milagros, pero existen numerosos miradores extraordinarios en las ciudades italianas.
Lo verdaderamente diferente es la experiencia física de encontrarte dentro de un edificio inclinado. Subir por aquella escalera circular, notar cómo el cuerpo busca continuamente referencias, apoyarte instintivamente contra el mármol y sentir durante unos momentos que tu percepción del equilibrio no funciona como debería convierte la visita en algo mucho más interesante que limitarse a contemplar la torre desde el césped.
Desde fuera tenemos la fotografía que todo el mundo conoce. Desde dentro entendemos realmente qué significa que la Torre de Pisa esté inclinada. Y para mí, esa es la parte de la visita que merece la pena vivir.
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