Rumania: la ruta del conde Dracula (parte I)

Castillo de Dracula

Transilvania. Cuando llegué a Bistrita me sentí como Jonathan Harker, el joven aprendiz de abogado protagonista de la novela de Bram Stoker. La oscuridad se cernía sobre sus calles, el silencio era el dueño de la noche… impresionado, dirigí mis pasos hacia un caballero ya mayor que bajo un portal parecía resguardarse del gélido aire que sibilinamente parecía buscar acomodo entre las ropas. Le pregunté por el Hotel Drácula. Sentí como todo su ser temblaba bajo su capa negra con la sola mención del nombre, y sin hablar, en silencio, me señaló con el dedo un pequeño carruaje aparcado al borde de la acera, y del que yo hubiera jurado que momentos antes no estaba allí. “Me traicionaron los ojos”, pensé. Lo seguí; el caballero, aún sin hablar, sólo se dignó a abrirme la puerta del carruaje, y con un gesto cansado, me pidió que subiera.

Dudé, pero era de noche, tenía frío y hambre, y necesitaba llegar a mi habitación, ducharme y descansar. Subí.

Fueron quince kilómetros de un agitado camino, entre baches, entre los sonidos de los árboles que, a nuestro paso, parecían querer avisarnos del mundo en el que nos adentrábamos. En el Paso del Borgo, perfilado perfectamente contra el cielo brillante de Transilvania apareció la figura tenebrosa del edificio que yo buscaba. Era una imagen tenebrosa. Una casa sacada de otro mundo; un lugar a caballo entre la leyenda, el misterio y las cientos de aventuras y desdichas que yo siempre había escuchado sobre el conde Drácula. Aquella noche, en aquel momento, mi aventura en la ruta del conde Drácula empezaba.

Sí, esa pequeña introducción es producto de la imaginación. No ocurrió así; no todo es tan tenebroso, ni hubo carruaje, ni el silencio se apoderaba de las calles como si un alma en pena vagara e impusiera su ley por Bistrita. Pero no es menos cierto que toda la historia que os contaré a partir de ahora se mueve por la fina línea de la ficción y de la realidad. De la verdad y la mentira. Drácula y Vlad Tépes. Vlad Tépes y Drácula. ¿Fueron la misma persona? ¿fueron la misma historia? uno desde los libros; el otro desde la Historia. Sea como sea, su presencia, su recuerdo, aún se abate sobre los ciudadanos rumanos, quien aún tiemblan con un temor sobrecogedor cuando oyen hablar del conde Drácula. Aún se presignan y rezan cuando ese nombre se oye en sus calles.

Para hablar de Rumanía y de su famosa ruta del Conde Drácula, primero hemos de conocer quien fue Vlad Tépes, el Empalador. Fue un héroe, pero también un villano. Fue un libertador, pero también un asesino despiadado.

Vlad Tépes III reinó entre los años 1431 y 1476, pero se hizo famoso por su crueldad. Vlad Draculea, que era su verdadero nombre, murió, según la leyenda, al frente de un ejército de 200 hombres, cuando se enfrentaba a 12.000 turcos que pretendían invadir el país. El sólo fue capaz durante años de frenar al imperio otomano en su avance por Europa, pero también desplegó sus artes asesinas contra todo aquel que osara oponerse a él, arrasando para ello a pueblos enteros, y utilizando la técnica del empalamiento.

Siglos más tarde, el novelista irlandés Bram Stoker escribió la historia de un personaje que sospechosamente se parecía en nombre y actitud al temido Vlad Tépes, y situó su historia en las mismas zonas por donde se movió el antiguo conde. Pero en la novela se descubrió una característica especial que sólo el conde Drácula tenía: la de chuparle la sangre a sus víctimas. Y poco a poco la leyenda negra de Vlad Draculea, el verdadero, se fue extendiendo y alcanzando todas las ciudades por donde se movió siglos atrás…

continúa en Transilvania: la ruta de Drácula

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Categorias: Rumania, Viajar por Europa



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