
¿Quién no ha deseado ir a Roma para ver el Vaticano u la Capilla Sixtina? Para muchos viajeros es uno de esos sueños que deben cumplirse al menos una vez en la vida. Para los que además, disfrutamos con los lugares históricos, el Vaticano se convierte en una visita obligada pues estar entre sus paredes invoca a intrigas, a hechos que cambiaron el curso de la Historia.
Durante años lo vemos en fotografías, en documentales, en retransmisiones televisivas o en las noticias cada vez que un nuevo Papa aparece en el balcón de la Basílica de San Pedro. Sin embargo, nada prepara realmente para la sensación que produce cruzar la plaza y descubrir que, detrás de aquellos enormes muros, se encuentra uno de los lugares más influyentes de la historia.
Quien llega por primera vez suele sorprenderse por una curiosidad: el Vaticano no es un barrio de Roma ni un monumento más de la ciudad. Es un país independiente. El Estado más pequeño del planeta ocupa apenas unas pocas decenas de hectáreas, pero concentra siglos de arte, historia, religión y poder. Sus calles, sus jardines y sus edificios han sido escenario de algunos de los acontecimientos más importantes de Occidente.
Aunque millones de personas lo visitan cada año por motivos religiosos, el Vaticano, como os digo, también fascina a quienes simplemente disfrutan descubriendo la historia o contemplando algunas de las mayores obras maestras jamás creadas por el ser humano.
Un pequeño Estado con una enorme historia
La relación entre el Vaticano y el cristianismo comenzó hace casi dos mil años. Según la tradición, fue aquí donde el apóstol San Pedro sufrió el martirio durante las persecuciones del emperador Nerón. Sobre el lugar donde se encontraba su tumba acabaría levantándose siglos después la gran basílica que hoy recibe a peregrinos de todo el mundo. O al menos eso cuenta una historia promovida por la iglesia que también cuenta con sus detractores.
Durante buena parte de la Edad Media, los papas no solo ejercieron como líderes espirituales de la Iglesia Católica, sino también como gobernantes de amplios territorios italianos conocidos como los Estados Pontificios. Aquella situación cambió en el siglo XIX con la unificación de Italia, cuando los papas perdieron prácticamente todos sus dominios.
La situación quedó definitivamente resuelta en 1929 gracias a los Pactos de Letrán, firmados entre la Santa Sede y el Reino de Italia. Desde entonces nació oficialmente el Estado de la Ciudad del Vaticano, un país soberano con gobierno propio, servicio postal, emisora de radio, moneda, cuerpo de seguridad e incluso una estación de tren que apenas se utiliza.
Resulta curioso pensar que, caminando apenas unos minutos, es posible atravesar prácticamente todo un país.
La Plaza de San Pedro, una de las grandes plazas del mundo
La mayoría de las visitas particulares comienzan en la Plaza de San Pedro. Es imposible no detenerse unos minutos antes de continuar el recorrido. Más que una plaza, parece un inmenso escenario diseñado para recibir a miles de personas al mismo tiempo.
Fue Gian Lorenzo Bernini quien le dio su aspecto actual en el siglo XVII. Sus enormes columnatas abrazan literalmente al visitante mediante cuatro filas de columnas dóricas que forman una elegante elipse. El propio Bernini explicaba que pretendían simbolizar los brazos de la Iglesia acogiendo a los fieles.
En el centro se alza un obelisco egipcio de más de veinticinco metros de altura que llegó a Roma hace casi dos mil años y que fue trasladado hasta este lugar en una espectacular operación de ingeniería durante el Renacimiento.
Si la plaza impresiona de día, al caer la tarde adquiere una atmósfera completamente distinta. La luz comienza a reflejarse sobre la fachada de la basílica mientras las columnas proyectan largas sombras que invitan a detenerse unos minutos antes de continuar el paseo.

La Basílica de San Pedro, una obra gigantesca
La Plaza de San Pedro conduce directamente hacia uno de los templos más importantes del mundo cristiano. La Basílica de San Pedro es también una de las mayores iglesias jamás construidas.
Su construcción se prolongó durante más de un siglo y en ella participaron algunos de los grandes genios del Renacimiento y del Barroco, entre ellos Bramante, Rafael, Miguel Ángel o Carlo Maderno. Cada uno dejó su huella en un edificio que combina monumentalidad y equilibrio de una manera difícil de describir.
Nada más atravesar sus puertas, la sensación de espacio resulta abrumadora. Las dimensiones engañan constantemente al visitante. Elementos que parecen de tamaño normal son en realidad esculturas de varios metros de altura. Las letras que recorren el interior de la cúpula tienen más de dos metros y, aun así, desde el suelo parecen pequeñas.
Uno de los rincones más admirados es la Piedad de Miguel Ángel. El escultor apenas tenía veinticuatro años cuando terminó esta obra que todavía hoy continúa emocionando por la delicadeza con la que representa a la Virgen sosteniendo el cuerpo de Cristo.

Bajo el altar mayor se encuentra la confesión de San Pedro y, varios metros más abajo, la necrópolis donde la tradición sitúa la tumba del apóstol.
La cúpula que domina Roma
Desde prácticamente cualquier punto del centro histórico de Roma puede verse la inmensa cúpula diseñada por Miguel Ángel.
Subir hasta ella supone contemplar la ciudad desde una perspectiva completamente diferente. Primero se atraviesa el interior de la propia cúpula, pudiendo observar de cerca los impresionantes mosaicos que decoran su superficie. Después comienza un ascenso cada vez más estrecho que termina en una terraza panorámica desde la que Roma parece extenderse hasta perderse en el horizonte.

Es uno de esos lugares donde resulta fácil comprender por qué tantos viajeros consideran esta ciudad una de las más bellas de Europa.
Los Museos Vaticanos, siglos de arte reunidos en un solo lugar
Muchos visitantes descubren con sorpresa que el Vaticano alberga uno de los complejos museísticos más importantes del planeta.

Los Museos Vaticanos no son un museo único, sino un inmenso conjunto de galerías, patios, colecciones y salas que los papas fueron reuniendo durante siglos. Esta es su web oficial. El recorrido atraviesa esculturas clásicas, mapas monumentales, tapices flamencos, salas decoradas por Rafael y colecciones arqueológicas que difícilmente podrían recorrerse con calma en una sola jornada.
Entre las piezas más conocidas destacan esculturas como el Laocoonte o el Apolo del Belvedere, dos obras fundamentales para comprender la escultura clásica y la influencia que ejercieron sobre los artistas del Renacimiento.

Caminar por estos pasillos produce la sensación de estar recorriendo una parte esencial de la historia del arte europeo.
La Capilla Sixtina, una visita caótica, pero…
Aunque todos la identifican por los frescos de Miguel Ángel, la Capilla Sixtina representa mucho más que una obra maestra de la pintura.
Fue construida a finales del siglo XV por orden del papa Sixto IV y todavía hoy continúa siendo el lugar donde se celebran los cónclaves para elegir a un nuevo pontífice.
Cuando uno entra por primera vez suele levantar la vista de forma casi automática. Allí aparecen algunas de las imágenes más conocidas de la historia del arte: la Creación de Adán, el impresionante Juicio Final y decenas de escenas bíblicas pintadas con un nivel de detalle extraordinario.
Curiosamente, Miguel Ángel nunca se consideró pintor. Prefería la escultura y aceptó este encargo casi por obligación. Aun así, terminó creando una de las obras más admiradas de todos los tiempos.
El momento de la entrada probablemente os sorprenderá. En primer lugar por su reducido tamaño. Llegamos pensando que nos encontraremos en un inmenso salón con los techos pintados, y no es así, la sala es bastante más pequeñas que otras muchas que recorreremos en los Museos Vaticanos. Además, cuenta con el enorme problema del turismo. Si vas en temporada alta, la sala estará literalmente llena. Habrá colas para entrar, y los guardas practicamente «te invitan» a seguir el curso del recorrido y salir lo antes posible para que entren los siguientes.
Por cierto, en la Capilla Sixtina está estrictamente prohibido hacer fotos. Hay quien las hace a escondidas, sí, pero os arriesgáis a ser expulsados del Vaticano por ello.
La visita a la Capilla Sixtina es algo caótica, sí, pero aún así os dejará fascinados si sois capaces de reconocer en sus pinturas los motivoas y alegroías que quisieron mostrar.
Mucho más que religión
Aunque la imagen del Vaticano está inevitablemente ligada al catolicismo, incluso quienes no profesan ninguna religión suelen salir impresionados por todo lo que encuentran.
Es un lugar donde convergen la arquitectura, la historia, la política, el arte y la cultura europea. Cada rincón recuerda que durante siglos los papas actuaron también como grandes mecenas, financiando obras que hoy forman parte del patrimonio artístico de la humanidad.
Quizá esa sea una de las razones por las que el Vaticano despierta tanto interés. Más allá de las creencias personales, resulta difícil permanecer indiferente ante la cantidad de historia concentrada en un espacio tan pequeño.
Información práctica para preparar la visita
La Ciudad del Vaticano puede visitarse durante todo el año, aunque la primavera y el otoño suelen ofrecer temperaturas más agradables y una menor afluencia de visitantes que los meses centrales del verano.
La entrada a la Plaza de San Pedro y a la Basílica es gratuita, aunque existen controles de seguridad similares a los de un aeropuerto. Para acceder a la cúpula, a los Museos Vaticanos o a determinadas zonas especiales es necesario adquirir una entrada independiente.
Conviene vestir con cierta corrección. No está permitido acceder a la basílica con hombros descubiertos, prendas excesivamente cortas o ropa de baño, una norma que suele aplicarse con bastante rigor.
Si el objetivo es recorrer los Museos Vaticanos con tranquilidad, merece la pena llegar a primera hora de la mañana o reservar la visita para las últimas franjas horarias del día, cuando el número de visitantes suele disminuir ligeramente.
Desde el centro histórico de Roma puede llegarse caminando sin dificultad. También existe conexión mediante metro, autobús y tranvía, por lo que resulta sencillo incluir la visita dentro de cualquier recorrido por la ciudad.
Resulta recomendable reservar la visita guiada al Vaticano porque iréis con un guía experto que os explicará con detalle todo cuanto encontréis, especialmente en el paso por los Museos Vaticanos donde hay cientos de obras que ver. Además, os facilitará el poder acceder más rapidamente a las diferentes salas.
Podéis informaros y reservar aquí:
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2 respuestas
esta no es la piedad rondanini, sino la del vaticano. en la piedad rondanini están de pié las dos figuras, y se aplica la técnica del non finito…menudo fallo
Tienes toda la razón, fdl. Arreglado. Gracias por el apunte.
Un saludo.