¿Concarneau o Port-Aven?

Pont Aven

Deliciosa es la experiencia de recorrer el finisterre francés en tren. Desde aquí sólo haría una recomendación, válida por lo demás para cualquier viaje que afrontemos. No partir con la lección demasiada aprendida de casa, sino dejarse atrapar y sorprender poco a poco con la belleza de los parajes. Claro que es conveniente tener unas mínimas nociones de geografía o conocer de antemano algunos puntos de interés. Pero no se debería exagerar: unas cuantas notas en nuestra libreta de aventureros, siguiendo las sugerencias de algún que otro blog interesante, tiene que ser suficiente para despertar esa curiosidad o ese instinto viajero que, si de vez en cuando nos la juega, en muchas ocasiones nos conduce por caminos extraordinarios.

Buena parte de Francia conserva importantes trazas arquitectónicas del pasado, en forma de castillos, fortalezas, catedrales, iglesias, palacios…detrás de esta historia visual atendida con mimo hay una especie de ecologia urbana y patrimonial, mantenida con orgullo por los franceses. Bretaña no es una excepción, a pesar de su histórico aislamiento y su carácter más bien rural.

Imaginémonos en la estación de ferrocarril de la ciudad de Nanntes. Cogemos un tren que va subiendo por el noroeste hasta la punta más occidental bretona, dirección Brest. Supongamos también que somos declarados admiradores de la obra de Gauguin. Sabemos que el pintor estuvo en Bretaña. La primera vez en el verano de 1886, en Port-Aven, lugar en el cual ya residía una pequeña colonia de artistas.

A finales del  XIX la pintura lleva en su seno el principio de varias transformaciones que acabarán de estallar en el siglo posterior. Pero en los inicios del estilo no figurativo se encuentra la revolución de la luz. Gauguin fue uno de aquellos revolucionarios, y parece que en Bretaña encontró una luz distinta con la que alimentar sus cuadros. Nuestro destino, por lo tanto, se llama Port-Aven.

Desde la ventanilla se van sucediendo, a lo lejos, las casas de blancas paredes con sus tejados de color azul oscuro. Este conjunto armónico, equilibrado, solamente es roto reiteradamente por el campanario de la iglesia, alargado y dominante, en torno al cual se sitúa el pueblo. Los pueblos de Bretaña. El tren traza una línea paralela a la costa pero siempre a una cierta distancia del océano. En nuestro mapa observamos que, efectivamente, dejando atrás Lorient y Quimperlé y encaminándonos hacia Quimper, de esta manera nunca alcanzaremos Port-Aven. Decidimos bajarnos en la siguiente parada: Rosporden.

¿Rosporden? ¿Cómo no conocer el Mont Saint Michel, Dinan, Vitre, St. Malo, Locronan, etc? Pero ¿Rosporden? Y, sin embargo, una vez descendemos, el pueblo fluvial nos otorga una tranquilad, una serenidad de ánimo extraña, misteriosa.

¿Qué hay en Rosporden? Una bonita iglesia, originalmente construida entre los siglos catorce y quince, con un muy característico campanario cuadrado. Bonito sí…¿merece la pena? Cuando probamos el hidromiel (chouchen en bretón) empezamos a creer que sí. Además, claro, está el río, que forma un pequeño lago, en cuyas orillas está Rosporden. Mientras le damos los últimos sorbos a nuestro dulce licor, tal vez el hostelero nos recomiende la visita a una villa cercana: Concarneau, y podría ser que nosotros le hiciésemos caso. Quizá como no leímos en los letreros que el río que pasa por Rosporden se llama… Aven, nos hemos olvidado un poco del pueblo donde el Aven desemboca formando una ría: Port-Aven.

Después de algún que otro probable imprevisto (digamos que, a lo peor, entre Rosporden y Concarneau solamente existe un servicio matinal de conexión por autobús, por lo que, sigamos imaginando, quién sabe si no tendrá, la amable gendarme, que dibujarnos en una cartulina el nombre de nuestro destino, señalándonos con el dedo el mejor lugar para hacer autostop) resuelto favorablemente (una esposa joven nos recoge en un monovolumen, por qué no), arribamos a Concarneau. Oh, dios, Concarneau.

concarneau

En esta historia, tal vez ficticia, tal vez real, nosotros nunca habíamos oído hablar de Concarneau. Qué maravilla entonces, haberla descubierto por azar. Las guías nos hablarían de su isla-fortaleza del XIV, y parece que reconstruida en el XVII o XVIII. Encantadora, llena de restaurantes y cosas por el estilo. También de su mercado, justo enfrente. Posiblemente incluso de su reciente Musée de la Pêche. Pero ¿cómo narrar la dimensión subjetiva del viaje?.

Ya en Rosporden empezamos anotar una curiosa sensación de paz que en Concarneau se elevó exponencialmente. Había algo en el color del bravo mar, algo en la luz de un aire sutil, algo en los rayos débiles de un sol de julio que no llegaba a imponerse. Había algo. La pintura. No volvimos a recordar ya Port-Aven. Elegimos Concarneau.

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Categorias: Francia, Viajar por Europa



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