Spoleto, divagaciones de un perplejo

 

Tenía razón Obélix, están locos estos romanos. Los jóvenes italianos, como indígenas impenitentes, siguen cumpliendo sus ritos de paso a la edad adulta. Por ejemplo, el viaje a España. Sí, sí (dos veces sí, que así suelen afirmar en Italia), el viaje a España. A los campos de Castilla, que diría Machado, a la verde que te quiero verde Andalucía, tan lorquiana. Es igual, para ellos parece que sigue siendo aquella agreste y montaraz región del tardofranquismo. Un terrirorio salvaje en medio de la aburrida y civilizada vieja Europa. Cosas veredes…

Eso pensaba este narrador la última vez que recorría el Bel Paese. Perplejo de haber encontrado tales idealizaciones entre los jóvenes (y mayores) de un país que sangra ríos de arte no bien le das una patada a cualquier guijarro de la calle. Yo bajaba en tren desde el norte. Es algo delicioso y exquisito, con perdón. Uno va cambiando de tren, vuelve hacia atrás, se desvía continuamente. Cada poco, en medio de alguna llanura aparece, sobre una colina, un pueblo dominado por su campanario o su catedral. La imagen nos acelera el pulso. Tantos siglos de historia que nos llegan de forma tan poco retórica…

El energumenismo es una empresa triunfante en todos los lados, pensaba yo mientras bajaba en una estación que no conocía, pero aquí no sufrieron la acción perversa del desarrollismo burdo y dictatorial. Allá en el norte de la antigua Hispania el canibalismo urbanístico había dado lugar a una nueva concepción artística, que desembocaba directamente en un nihilismo antropológico (ejem). Lo llamamos feísmo. En realidad, en mayor o menor medida, el feísmo está presente en toda España. Aunque en algunas ciudades supieron reccionar a tiempo, mientras que en el norte la inercia del franquismo todavía hoy no se ha modificado. Y no exagero.

Eso discurría, pues, mientras salía de la estación de una pequeña ciudad llamada Spoleto, que, si seremos ignorantes, no conocíamos. Por un momento, sin embargo, creí que me había confundido. Avanzaba por una larga calle de edificios modernos. Fea, sucia, gris. ¡Pero si estoy en España! pensé. Suena a tópico novelesco: sentí frío. Estaba a punto de darme la vuelta y volver corriendo hasta la estación cuando vi una puerta medieval. Me acerqué. A derecha y a izquierda se extendía una muralla. Hmm. ¿Qué habría dentro? Bueno, entremos. Y entramos.

Siempre recuerdo que por casualidad llegué a Spoleto, que por mala ventura pude haberla abandonado sin llegar a conocerla, que por azar finalmente se produjo la inevitable escena de seducción. Parece una mala (por lo repetido) historia de amor pequeñoburguesa. No sé. Pero de lo que estoy seguro es de que uno establece con las ciudades una relación afectiva, es decir, invierte en ellas parte de los recursos de su libido. Que luego recupera, o pierde, o malgasta, o qué sé yo. ¿Suena frío este lenguaje en términos de una economía de los afectos? Al contrario, creo que es lo que nos salva de convertirnos en autómatas, en peones anónimos de las grandes migraciones modernas en forma de turismo.

Ay, Spoleto, región de Umbría, provincia de Perugia, corazón mismo de las Italias. Trepando por tus empinadas cuestas, hipnotizado por lo que veía, tesoro sin fondo de arquitectura y arte, suspiraba y mentalmente escribía sobre mi propia guía de perplejos: ¿Quién entiende a los italianos?

Más información en: Spoleto

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Categorias: Italia, Viajar por Europa



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