Donde el mundo se llama Garbatella

Garbatella

Roma parece una de esas ciudades acerca de las cuales está todo dicho. Un exceso milenario en el que el viajero descubre un tesoro a cada paso. Desde el Vaticano hasta el Coliseo, la urbe es un gran museo al aire libre que, como el Prado o el Louvre, está atiborrado de turistas. Sin embargo, hay un quartiere (barrio) un poco fuera de los circuitos habituales. Su nombre es Garbatella.

Démosle la palabra al director de cine italiano Nanni Moretti. Al principio de su película Querido Diario (1993), Nanni recorre Roma con su vespa. Es pleno verano, el sol pega de lleno, las calles están semidesiertas. Y entonces dice: «El barrio que más me gusta de todos es Garbatella. Y…no solamente ver las casas desde fuera, sino que también me gusta ver como están hechas por dentro».

El barrio se empezó a construir tras la Primera Guerra Mundial, cerca de la Basílica de San Pablo, bajo la inspiración de las ciudades jardín desarrolladas en Inglaterra. La idea era la de levantar pequeños edificios aislados, cada uno de ellos con su patio comunitario y su zona ajardinada, en medio de grandes espacios verdes. Poco a poco a las casas y mansiones unifamiliares se les añadieron edificios de tres, cuatro, cinco plantas.

Si existiese un urbanismo élfico, en ella habría que incluir a Garbatella. Es difícil de describir. Sin duda tendríamos que hablar de una especie de barroco, conjugado con remates de ciudad medieval. Todo tiene un punto superlativo de irrealidad. Algunas casas son tan hermosas en su forma como pobres son sus materiales. Porque el barrio Garbatella fue diseñado para reubicar trabajadores y gentes sin demasiados recursos, no para el descanso vacacional de condes y marquesas.

Pasear al atardecer por Garbatella es una de las experiencias más deliciosas que yo puedo recordar. Sobre las paredes de rojo gastado los rayos anaranjados del último sol se reflejan provocando curiosos espejismos. Las curvas de esas casas élficas parecen ponerse en movimiento. Hay que prestar mucha atención para darse cuenta de que no es un sueño. Entonces en el interior de una ventana abierta se enciende una luz, y luego otra, y otra. Mientras, en los patios, en los jardines, ancianos y jóvenes charlan, ríen, juegan. La impresión de estar en un pueblo abierto, embrujado, silencioso, es embriagadora. 

Garbatella tiene también una parte reciente que no es menos horrible que cualquier extrarradio de una ciudad española o europa. Pero el «núcleo histórico» (recuérdese: construido a partir de 1920) es más que fascinante: el experimento de un barroquismo familiar y vecinal, de una arquitectura pensada para las personas, en definitiva de una ciudad irreal, en donde al caer la noche se mezclan sin miedo hobbits, elfos y hombres.

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Categorias: Italia, Viajar por Europa



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