Porto, entre el barroco y el vino

Oporto en Portugal

Bem vindos á cidade do Porto!

Oporto (Porto a secas, en portugués) es la segunda ciudad por número de habitantes de Portugal. Conjuga de manera admirable la tan buscada y no siempre encontrada ecuación de modernidad e historia.

La historia de Porto, milenaria e imprescindible para entender el advenimiento mismo, en los siglos XII y XIII, de la nación portuguesa, palpita todavía en cada uno de los muchos monumentos del centro de Oporto, declarado por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad. Y para saber de su modernidad, sólo tenemos que contemplar su vitalidad artística y cultural (a destacar el Museu de Arte Contemporânea de Serralves) su apuesta decidida por los jóvenes, su ganas de experimentar y abrirse a lo nuevo desde la mayor parte de las instituciones.

Porto está lleno de referencias, de itinerarios. Si nos circunscribimos al núcleo histórico, entre la Avenida dos Aliados (nuestra casilla A5 de ajedrez, desde la cual atacar cualquier punto de interés) y la ribera del río Duero, el tesoro de maravillas a nuestro alcance es inenarrable.

La estación de Sâo Bento, por ejemplo. La estación es de piedra noble por fuera y de piedra preciosa por dentro. Construida a principios del siglo XX por el arquitecto Marques da Silva en el emplazamiento de un antiguo convento, el atrio está decorado por veinte mil azulejos, obra de Jorge Colaço, en los cuales se narran acontecimientos varios de la Historia de Portugal.

Desde Sâo Bento, subiendo hacia la izquerda llegaremos hasta la Sé Catedral, catedral fortaleza del XIII, claramente románica en origen pero con reformas barrocas posteriores. Si decidimos, por el contrario, llegar desde la estación hasta la base de la Avenida dos Aliados, forzosamente tendremos que enfilar hasta la Igreja dos Clêrigos, joya arquitectónica del barroco debida a Nicolau Nasoni, cuya torre es una verdadera obra de arte.  

Desde este punto lo mejor será ir bajando hacia el río. En nuestro camino toparemos con el Palácio da Bolsa, edificio de estilo neoclásico levantado en el Ochocientos, cuyo Salón Árabe se encuentra entre los más admirados. Al lado del Palácio tenemos la Igreja de San Francisco que, pese a algunos cambios de siglos ulteriores, sigue siendo la única iglesia gótica conservada, y una de las pocas construcciones que permanecen desde la Edad Media.

Ya cerca de la Ribeira, sólo nos queda dejarnos vencer por el encanto del Douro, pudiendo contemplar varios de los puentes que cruzan las dos orillas (a Oporto también se la conoce como la Ciudad de los Puentes), entre los cuales está el diseñado por el estudio de Gustavo Eiffel (sí, sí, el mismo de la torre homónima de la capital francesa) e inaugurado en 1877, y que prestó sus servicios ferroviarios hasta hace apenas veinte años.

Ah, la Ribeira. En esta calle tan turística el rasgo único del carácter portugués sigue estando presente. Nos referimos a su saber estar, a su sosiego existencial confundido a veces con melancolía. En alguna de las numerosas tascas de la zona probaremos, inteligentemente, uno de los platos típicos de todo Portugal, arroz con bacalhau, o quizá nos envalentonemos con menús más tripeiros (gentilicio popular de Oporto) como la francesinha. En nuestra comida no debe faltar una garrafa de vinho verde, el vino propio del norte de Portugal. Porque la más famosa bebida de la ciudad la pospondremos hasta la hora del postre, cuando al cruzar el río y llegar a la  orilla sur, donde se asienta Vila Nova de Gaia, nos dediquemos a la mística experiencia de visitar algunas de las caves, santuarios profanos para el sediento peregrino quien, cuando cata por vez primera la ambrosía dulce del vino de Oporto no puede sino sinceramente exclamar: ¡Aleluya!

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Categorias: Portugal, Viajar por Europa



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