Calcuta y la Ciudad de la Alegria: una experiencia inolvidable

Hace mucho que estoy detrás de escribiros este artículo, casi desde que abrimos el blog, pero no encontraba el momento ni el estado anímico necesario para expresar en unas líneas lo que sentí aquel día de 1997 paseando por las calles de Calcuta y de la Ciudad de la Alegría. Aún hoy, cuando escribo o pienso en aquel viaje por la India se me siguen saltando las lágrimas, de rabia, de impotencia, de dolor, de pena y al mismo tiempo de alegría por haberlo vivido. Sentimientos contradictorios, pero son los que allí encuentras: te fustigan, te abruman, te abaten como un torbellino.

Hoy es el día. Año Nuevo. Los días en que todos nos planteamos nuevos retos, nuevos propósitos: dejar de fumar, hacer deporte, adelgazar, hacer un curso… siempre propósitos basados en nosotros mismos. Jamás a nadie se le ocurre pensar en ningún propósito encaminado a mejorar sólo un poquito el mundo.

Viajar a la India te hace ver el mundo de otro modo. Aquel dicho de que quien viaja allí ya no vuelve a ser el mismo es totalmente cierto, al menos, si te tomas el viaje como debe tomarse cualquier viaje (y éste más): integrándose con ellos; viviendo lo más cerca posible sus experiencias. Aquel día de 1997, además, me coincidió con la muerte de Teresa de Calcuta. Jamás había visto tal señal de luto y de dolor por una persona. Ni creo que jamás lo vuelva a ver. Jamás sentí ninguna energía igual, de amor y de pena, de unión y solidaridad. Allí, en la cola que había frente al lecho en el que descansaba Madre Teresa, como todos la llamaban allí, había musulmanes, cristianos, judíos… todas las razas y religiones unidas en un sólo corazón. Aquello ya me dejó clavado en el sitio por primera vez.

Madre Teresa fue grande, no creo que eso le quepa dudas a nadie, un ser especial, de los que nacen pocos en el mundo. Por favor, si váis a Calcuta, no dejéis de visitar el orfanato que regenta su orden. A mí se me rompió el corazón allí dentro, entre aquellos niñitos; aguanté las lágrimas como pude cuando los vi tan delgaditos, tan necesitados, pero jamás se me olvidará la imagen de sus caras cuando nos ibamos. La felicidad que durante una breve hora le dimos; sus sonrisas ni la canción que nos dedicaron. Apenas les dimos lo que para nosotros sería una propina, pero como nos dijeron en el orfanato, con aquello comerían varios días. Ni tampoco olvidaré sus carillas cuando les dabamos bolígrafos, o libretas. Si váis a la India echaros en la maleta todos los bolígrafos, libretas, y pequeños juguetes que se os ocurran porque ese momento bien vale todo el viaje.

La segunda vez fue la Ciudad de la Alegría. Todos recordamos el libro de Dominique Lapierre, o la película de Patrick Swayze: sus calles viejas y sucias, las chabolas, los pobres, los tullidos. Y es así, Así de cruda y real. Calles embarradas, sin pavimentar; casas medio derruidas, los pobres por la calle; inválidos con las más extrañas deformidades. Y sin embargo… sus caras. Eran el vivo ejemplo de la felicidad. Bueno, quizás no la felicidad que nosotros entendemos, la material, sino la que ellos entienden, la interior. No tienen nada, pero no pueden dejar la sonrisa. Somos nosotros los ricos, pero nos abordan para ofrecernos cuanto pueden, y al poco nos invade su hospitalidad, sus ganas de vivir, su alegría. Curioso, pero así es la vida para muchos. Los que somos ricos económicamente, somos pobres de corazón. Los que son pobres económicamente, tienen lo más preciado del mundo, la riqueza de espíritu. ¡ Y cuánto se aprende con sólo un día allí ! Una lección que no se olvida jamás.

Quizás os haya quitado las ganas de ir a Calcuta; o quizás haya producido justo lo contrario. Cuando me han preguntado, siempre he contestado lo mismo. Para ir allí hay que ser fuerte, muy fuerte. Pero desde luego, no hay que ir como un turista, sino que hay que vivir lo que allí se vive. Porque será una vez en la vida para nosotros, pero para ellos será especial.

Hablar de Calcuta ahora ya parece vacío… podéis seguir con vuestra visita a la ciudad, una ciudad que llega hasta los 20 millones de personas por la gente que acude allí a trabajar. Una ciudad que aún guarda los vestigios de su pasado colonial que aún se ve en muchos de sus edificios, como el Memorial Victoria. Podéis visitar también la casa donde nació Rabindranath Tagore, o el templo jainista, o el jardín botánico, o el museo de Calcuta… Podéis vivir el día de la Pujá, las fiestas más conocidas de Calcuta… sin embargo, por encima de todo, ya nada os parecerá igual. Las raíces de la Ciudad de la Alegría se os habrán quedado dentro… para siempre.

Hoy era el día…

“los leprosos desbordaban de júbilo. Imposible contenerles. Manos atrofiadas se arrojaban a mi cuello; rostros mutilados me besaban. Había inválidos agitando sus muletas. ¡Hermano, que dios te bendiga!, gritaban. Unos niños trajeron galletas que hubo que comer so pena de infringir las reglas de su hospitalidad. Me ahogaba, estaba mareado… ese olor… Mi primera noche en Calcuta”

“La Ciudad de la Alegría – Dominique Lapierre”

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Categorias: India, Viajar por Asia



Comentarios (1)

  1. Que gran viaja a de ser espectacur y muy interesante, entiendo lo dificil que es ver tanta pobreza en ese país y tanta riqueza en tan paca gente que mundo tan desigual… Saludos

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